Inicio Zubiri se presenta: Xavier Zubiri, veinte años después (por Diego Gracia)

El 21 de septiembre de 1983 fallecía en Madrid Xavier Zubiri. Han pasado veinte años. Un tiempo más que suficiente para hacer balance. Hace ahora casi un siglo escribió Benedetto Croce un libro titulado Lo vivo y lo muerto en la filosofía de Hegel. A partir de entonces han sido frecuentes títulos similares. Cabe hacerse hoy la misma pregunta: ¿Está viva o muerta la filosofía zubiriana?

El paso del tiempo borra las huellas y acaba con los recuerdos. La muerte suele conducir al anonimato. Son pocas las personas que se salvan de él. Y menos las que acrecientan su fama con el tiempo. Estas últimas son las que se convierten en “clásicos”. Siempre se ha tenido por tal a quien gana celebridad e importancia con el transcurso de los años. Los clásicos no mueren, son inmortales. Suelen ser más útiles a la posteridad que a los propios contemporáneos. Ello se debe a que poco a poco va reconociéndose que sus aportaciones al campo que hayan cultivado hacen época. De ser personales, tales aportaciones pasan a convertirse en históricas. Entran a formar parte de ese depósito de saberes y conocimientos que es la cultura humana.

Las nuevas técnicas bibliométricas han permitido dar una definición algo más precisa del concepto de “clásico.” La literatura científica tiene un periodo de vigencia bastante corto. En muchas áreas su vida media no supera los seis años. Lo cual quiere decir que pasado ese tiempo la mitad de los trabajos que se publican han perdido ya su vigencia, resultan obsoletos. Eso hace que no se les cite más. Son muy pocos los que siguen resultando útiles a lo largo de periodos muy amplios de tiempo y menos, naturalmente, los que consiguen pasar a los libros de historia y convertirse en objeto básico de estudio para las siguientes generaciones. Esos son los verdaderos clásicos.

Pues bien, si aplicamos estas categorías al caso de Zubiri, vemos, no sin sorpresa, que su vigencia no sólo no ha decrecido en el transcurso de estos veinte años sino que, muy al contrario, ha ido y sigue yendo en aumento. Se ha incrementado el número de ejemplares impresos y vendidos de sus libros, los artículos que se publican sobre aspectos concretos de su filosofía no hacen más que crecer, son frecuentes las tesis doctorales, proliferan las citas, aparecen traducciones a distintos idiomas. Zubiri es hoy un pensador más vivo que nunca antes. Y todo hace pensar que lo será aún más en el futuro.

En todo esto ha jugado un papel fundamental la publicación de sus escritos. Cuando Zubiri falleció, hace ahora veinte años, las obras accesibles al lector eran extremadamente escasas. Zubiri publicó muy poco en vida. El año 1923 apareció su primer libro, Ensayo de una teoría fenomenológica del juicio, en edición estrictamente privada. De hecho, iba precedida de una Advertencia que decía: “La índole especial del trabajo da a éste un carácter completamente privado, exento de la publicidad.” Sólo un reducido número de personas pudo hacerse con un ejemplar. Veinte años después publicó Zubiri su segunda obra, que en la práctica era la primera, Naturaleza, Historia, Dios. Fue un libro que nutrió a toda una generación de españoles. Pero éstos hubieron de

esperar otros veinte años para llevarse a las manos otro más. Éste fue Sobre la esencia, aparecido en 1962. Al año siguiente vio la luz una colección de estudios históricos, Cinco lecciones de filosofía. Y de nuevo hubo que esperar otros veinte años hasta la aparición, entre 1980 y 1983, de la trilogía sobre Inteligencia sentiente. Zubiri falleció a los pocos meses de aparecido el tercero de sus volúmenes. La obra más importante de su vida, su verdadero canto de cisne, aquella que le hará pasar a los anales de la historia de la filosofía, sólo estuvo disponible meses antes de su fallecimiento. Muy pocos fueron capaces de asimilarla en tan breve espacio de tiempo. Cabe decir, por ello, que cuando Zubiri murió su pensamiento más original era casi desconocido, incluso por los especialistas.

Hoy, veinte años después, las cosas son completamente distintas. De entonces acá han visto la luz nada menos que doce volúmenes. He aquí sus títulos: El hombre y Dios (1984), Sobre el hombre (1986), Estructura dinámica de la realidad (1989), Sobre el sentimiento y la volición (1992), El problema filosófico de la historia de las religiones (1993), Los problemas fundamentales de la metafísica occidental (1994), Espacio, tiempo, materia (1996), El problema teologal del hombre: Cristianismo (1997), El hombre y la verdad (1999), Primeros escritos (1921-1926) (2000), Sobre la realidad (2001) y Sobre el problema de la filosofía y otros escritos (1932-1944) (2002). Si a estos doce se añaden los seis libros publicados en vida de Zubiri, suman dieciocho, que con los tres más que aparecerán en los próximos años hacen un total de veintiuno.

La filosofía, evidentemente, no es un problema de volumen. No es mejor quien más escribe. Hay, de hecho, dos tipos muy distintos de filósofos. Están los que cabe llamar “narrativos”. Son aquellos filósofos que se consideran a sí mismos tanto o más escritores que filósofos. Hacen filosofía narrando. Ese es el caso de Platón, en la antigüedad, o de Unamuno y Ortega, en la filosofía española contemporánea. Zubiri no ha sido de estos. Pertenece más bien al otro grupo, el de los que escriben por estricta necesidad, porque tienen que dejar constancia de lo que piensan. Lo suyo no es la literatura sino la filosofía. Escriben filosofía no como quien narra una novela sino como quien da cuenta de un hallazgo importante. Por eso sus libros guardan una cierta semejanza con los tratados de matemáticas o de biología. Es la filosofía que cabe llamar “sistemática.” A este grupo pertenecen Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant, Hegel, Husserl, Heidegger, tantos más. Y de él forma parte también Zubiri. En ellos la palabra se concentra hasta adquirir una intensidad que llega a hacerla, a veces, ininteligible. En los primeros predomina la “extensión”, en tanto que en estos segundos cobra mayor fuerza la “intensión”. Son filósofos intensos, concentrados, escuetos, donde cada palabra puede convertirse en un muro, también en una revelación.

Estos filósofos es claro que priman la calidad sobre la cantidad. No buscan escribir mucho sino decir lo imprescindible. A pesar de lo cual, sus obras suelen ser muy voluminosas. Ninguno de los autores citados ha escrito menos que Zubiri. ¿Cómo se explica esto? A mi modo de ver, porque se han propuesto una tarea imposible o, al menos, inconmensurable. Nos hablan del misterio de la vida y de la realidad. Y los misterios son insondables, no tienen fondo. Siempre se puede ir más allá, siempre quedan cosas por decir. Estos filósofos recuerdan el mito de Atlas, el titán que llevaba el mundo entero sobre sus hombros. Quieren cargar con el todo de la realidad. Y esta, naturalmente, siempre les vence. A pesar de lo cual, consiguen robarla algunos de sus más preciados secretos. Ese es su mérito. Aristóteles distingue en la Ética a Nicómaco el hombre magnánimo o de gran corazón del petulante. El magnánimo, dice, es aquel que se propone “cosas grandes y es digno de ellas.” En esto último se diferencia del petulante, que es quien “se juzga a sí mismo digno de grandes cosas siendo indigno de ellas.” El filósofo se propone una meta que exige gran corazón y buena cabeza, pero huye de la petulancia. Su principal conquista, como ya dijera Sócrates, es que sabe que no sabe. Sabe, por tanto, que nunca llegará a agotar los misterios de la realidad. Como dice Zubiri en las palabras finales del prólogo a Inteligencia sentiente, lo que el filósofo pretende es sumergirse “en lo real en que ya estamos, para arrancar con rigor a su realidad aunque no sean sino algunas pobles esquirlas de su intrínseca inteligibilidad.” ¿Podrá extrañar que quienes así viven, sienten y piensan no sólo no pierdan vigencia sino que la ganen con el paso del tiempo?